El Páramo de santurbán

Mientras que en Colombia crece un debate por la explotación a cielo abierto para la extracción de oro en el Páramo de Santurbán, las grandes potencias crean incentivos para la conservación de las fuentes y nacimientos de agua.  La polémica esta en la adjudicación de una concecion para la extracción a cielo abierto de yacimientos de oro en el páramo que en las altiplanicies de los Andes son reservas y nacimientos hídricos de gran importancia.

La decisión en este momento esta en manos de la ministra del ministerio de ambiente, vivienda y desarrollo territorial entidad que debe velar por la protección del medio ambiente y ser eje articulador del desarrollo del país.

Noviembre 14th, 2010 by José Vicente Reyes Salazar


Páramo Santurbán, entre Cúcuta y Bucaramanga




Localización del proyecto minero dentro del páramo Santurbán

Mientras tanto grupos ambientalistas y otras organizaciones han creado la RED COLOMBIANA FRENTE A LA GRAN MINERÍA TRANSNACIONAL quienes en su página están reuniendo firmas para solicitar al ministerio la no concecion al proyecto. http://reclamecolombia.org/

Vea en youtube el reportaje del noticiero CM& sobre el páramo:

¿LA MATA QUE MATA?

LA CORTE SUPREMA DE JUSTICIA ORDENA EL RETIRO INMEDIATO DE LA PUBLICIDAD DE "LA MATA QUE MATA"


Erythroxylum coca.


En fallo de tutela en favor de la indígena Nasa FABIOLA PIÑACUE ACHICUE, la Corte Suprema de Justicia ordena al Ministerio de Interior y Justicia y a la Dirección Nacional de Estupefacientes, que en el término máximo de CINCO (5) días comuniquen en forma EFECTIVA la decisión de retiro del aire de las pautas publicitarias de "LA MATA QUE MATA" TODOS los medios de comunicación en donde esa publicidad se emita o pueda serlo.

La Corte consideró que se vulneraban derechos individuales de FABIOLA PIÑACUE, indígena Nasa, responsable de la empresa COCA NASA, la misma que produce la famosa bebida COCA SEK, energizante elaborado a con la planta sagrada de los pueblos indígenas.

Los ofensivos comerciales en contra de la hoja de Coca, violan la Constitución Política y los derechos individuales y colectivos de los pueblos indígenas que tienen en la hoja de Coca un valor cultural de trascendental importancia. El Tribunal Superior de Bogotá había recordado, en este mismo proceso judicial, a la Dirección Nacional de Estupefacientes que ese tipo de medidas administrativas debe ser CONSULTADO cuando pueda afectar los derechos de los pueblos indígenas.


Con este fallo se hace justicia en favor del comercio legal de alimentos de hoja de Coca que hacen los indígenas Nasa del departamento del Cauca y provoca un alivio a los importantes sectores de la sociedad colombiana que incluso han adelantado campañas paralelas en defensa de las plantas, como el grupo musical ATERCIOPELADOS, que promueve la iniciativa NINGUNA MATA MATA. Alivia también a los colombianos que sentían repudio por las ofensas contra plantas sagradas que son de amplio uso medicinal.


Se acoge con este fallo una definición legal que existe en Colombia sobre la necesaria distinción que existe entre las drogas como el clorhidrato de cocaína y la planta de Coca, se hace valedero el aserto según el cual "la coca no es cocaína como la uva no es vino

Plantón frente al Invima, reclamando sus derechos como indígena
".

Coca Nasa saluda esta decisión de la justicia colombiana y celebra con alborozo junto a los colombianos.

Insistiremos por las vías legales para que los medios de comunicación rectifiquen la mentira de que la planta de la Coca mata o es responsable de cualquiera de los males que le atribuía la malhadada publicidad.


COCA NASA

Iniciativa Indígena en defensa de la hoja de Coca


Escuche en el programa de caracol radio -Planeta caracol- una entrevista más amplia sobre el tema


Ver comerciales de "la mata que mata"
 

Sancocho de ácido, carbón y mercurio...

Por: JUAN GOSSAÍN / CARTAGENA DE INDIAS | 9:28 p.m. | 06 de Diciembre del 2010/ El Tiempo

El alcatraz que vuela entre mis sueños lleva en su enorme pico una quimera... (Walt Whitman, Hojas de hierba).

Una mañana de mayo pasado, los viejos madrugadores del pueblo de Marytown, perdido en las costas que bordean el sudeste de los Estados Unidos, se levantaron como todos los días a echarles unas migajas de pan a los pájaros marinos que merodean con mansedumbre por los patios y que se han ido convirtiendo en sus amigos.

Lo que vieron los dejó espantados: las gaviotas de cabeza negra, que son tan bellas, también tenían negro el plumaje. Del pico les goteaba una mancha babosa. No podían levantar el vuelo de la arena, con las patas hundidas en una masa de chapapote pastoso, como el asfalto cuando se derrite. Una de las gaviotas miró a la gente pidiendo ayuda.

Según cuentan los testigos, más allá de la playa, cerca del río, tres garzas morenas habían muerto con los ojos despepitados. El guiso espantoso que navegaba corriente abajo, matando todo lo que se le atravesara, era la mezcolanza de petróleo crudo de la empresa British, que cayó pocos días antes a las aguas del Golfo de México.

A esa misma hora los alcatraces de la bahía de Santa Marta, al norte de Colombia, desayunaban su ración cotidiana de buñuelos de carbón. El periodista Antonio José Caballero, grabadora en mano, esperaba en la playa el regreso de los pescadores que habían salido a trabajar temprano. Mientras aguardaba, la cámara de su teléfono celular retrató la pala enorme de un barco carbonero que arrojaba al mar el polvo negro que sobró en las bodegas.

A esa misma hora, en las playas legendarias de Juanchaco y Ladrilleros, cerca de Buenaventura, los lancheros de cabotaje que llevan carga y pasajeros por los pueblos que se arraciman en las orillas del Pacífico limpiaban sus motores preparándose para un nuevo día de trabajo. Como si fuera la cosa más natural del mundo, arrojaban al mar el contenido de unos tanques repletos de residuos de gasolina, queroseno y diésel. Un langostino magnífico, que medía un jeme, iniciaba el día tomándose su primera taza de combustible. Cuando vi la fotografía en El País de Cali me dieron ganas de echarme a llorar.

A esa misma hora, en la zona industrial de Cartagena de Indias, abierta sobre la bahía del Caribe resplandeciente, los trabajadores de una compañía empacadora se sentaron a desayunar en los comedores de su empresa. En ese momento volvieron a ver, como venía sucediendo en las mañanas más recientes, que una nata de tizne cubría la superficie del café con leche, y que una mermelada negra, tan semejante al betún de limpiar zapatos, se había pegado al pan y al queso blanco.

Entonces, no aguantaron más. Se levantaron todos, sin que nadie los hubiera convocado, y comenzaron a golpear los platos contra los mesones. La algarabía se oyó en media ciudad. Las autoridades ambientales ordenaron el cierre de un muelle vecino, que se dedica a cargar carbón a cielo raso, sin mayores precauciones ni cuidados, sin tubos cerrados ni conductores protegidos. Seis días después el muelle fue reabierto.

A esa misma hora, en la región acuática de La Mojana, que cubre un gigantesco territorio húmedo de los departamentos de Bolívar, Sucre y Antioquia, bajaban resoplando los ríos Cauca y san Jorge, que se desbordan en caños y ciénagas. El apóstol Ordóñez Sampayo, que se ha gastado la vida defendiendo de la contaminación a campesinos, cosechas y animales, apareció en la plaza de Guaranda con el dictamen médico en la mano: los doctores certificaban que los tres niños que nacieron deformes tenían mercurio en el sistema sanguíneo.
El terrible mal de Minata, como lo saben los japoneses, porque las empresas en cualquier parte del mundo, en Tokio o en Majagual, arrojan porquerías químicas a las corrientes, y primero se pudren las aguas, y después nacen degenerados los peces y los camarones, y después nacen sin ojos los niños cuyas madres, en aquellos caseríos extraviados de la mano de Dios, consumen esa agua y esos pescados.

En las cabeceras de ambos ríos, las compañías mineras, que buscan oro entre la tierra, hacen sus excavaciones con un sancocho de mercurio y ácidos. Arroyos y acequias se llevan el mazacote. Los bocachicos mueren con la boca abierta en los playones. Las espigas de arroz no volvieron a crecer.
En medio del desastre causado por las inundaciones, y como si fuera poco, las yucas harinosas de antes florecen ahora con un hongo químico a manera de cresta. El hambre campea entre los pocos ranchos que no se ha llevado el invierno. Las emanaciones de las lagunas huelen a lo mismo que huele un laboratorio de detergentes.

Hay que decir, también, que los empresarios mineros se defienden diciendo que Ordóñez Sampayo está loco. Claro que está loco: ningún hombre cuerdo expone su pellejo ni dedica su vida entera a defender a un ruiseñor, una mojarra, un plátano pintón, una mazorca de maíz o a una mujer embarazada que carga un fenómeno en el vientre.

Epílogo

Aquella mañana, cuando los pescadores de Santa Marta regresaron a la playa, el periodista Caballero los acompañó en su tarea de descamar y abrirles el buche a los escasos pescados que traían.

-¿Qué es eso? -preguntó, intrigado, al ver unas bolas negras en el estómago de un bagre.

-Carbón, amigo -le contestó uno de ellos, levantando el animal-. Pelotas de carbón. Eso es lo que comen ahora.

Caballero tomó más fotografías y se las llevó a algunos funcionarios de la industria carbonera.

-No se preocupe -le contestó el gerente-. Vamos a construir un nuevo muelle de última generación.

-No lo dudo -dijo el reportero, con una mueca de dolor que parecía sonrisa-. No lo dudo: será la última generación.

El día que Caballero me contó esa historia, y me enseñó sus fotografías, ya no sentí ganas de echarme a llorar, como la vez aquella del langostino bañado en combustible. Lo que sentí ahora fue rabia. Cuando ya no quede una sola hoja de acacia, cuando el último pulpo haya muerto atragantado con ácido sulfúrico y cuando nuestros nietos nazcan con un tumor de carbón endurecido en la barriga, entonces será demasiado tarde. Dispondremos de computadores infrarrojos de última generación, pero ya no habrá agua para beber; los celulares de rayos láser se podrán comprar en las boticas, pero el sol no volverá a salir; los niños encontrarán el algoritmo de 28 a la quinta potencia con solo cerrar los ojos, pero dentro de 20 años no sabrán de qué color era una golondrina.

Los invito a todos a ponerse de pie antes de que se marchite el último pétalo. Usen el arma prodigiosa de la Internet para protestar. Hagan oír su voz. Que el correo electrónico de los colombianos sirva para algo más que mandar chistes y felicitaciones de cumpleaños. Porque, si seguimos así, el día menos pensado no quedará nadie que cumpla años. Ni quién envíe felicitaciones.

JUAN GOSSAÍN